Todas las entradas de: El Acechor

¡Te tengo una sorpresa!

Ay, querido familiar, como sé que te gustan los regalos, aquí tienes el de tu próximo cumple: ataúd y entierro completo. Espero que te guste y sobre todo ¡que lo uses pronto!

Firmado: Elinte Rés

P.S. No te olvides de ir haciendo testamento, que luego…

Foto hecha ayer en Roma, en el barrio San Lorenzo. Traducción: El regalo. Aquél útil. Ataúd de honor (¿lujo?) y funeral completo. 1250 euros.

¡Ya te queda menos Cristiano!

Capturada ayer en Roma esta imagen de un anuncio de una universidad. Parece que para atraer a la gente a las aulas hay que recurrir a otras gentes cuyo mayor mérito es darle patadas a un balón. Igual en España vemos alguna con «tiktokers», «youtubers» o alguna de estas profesiones tan en boga últimamente. En cualquier caso es innegable que este es probablemente el momento en que el lanzabolas ha estado más cerca de universidad en toda su prolongada (desafortunada y afortunada) vida. ¡Ánimo, majo, de aquí al «Honoris causa» no habrá más de 500 o 600 goles!

Las voces de la pared

Interesante pintada captada en Florencia bastante antes de la pandemia. El mensaje sarcástico es bastante evidente a pesar de estar en italiano, pero lo traduciremos por si acaso: «Si el muro es gris debe permanecer gris».

El conjunto se las trae: un muñeco en pintado a ras de suelo apuntando al mensaje (no sabemos si del mismo autor), un muro que no es gris y un mensaje sarcástico. Para que vayan aprendiendo esos pintamonas que van llenando lugares con su firma, como si valiese de algo, en el pensamiento -suponemos- que a fuerza de insistir…

Como estoy en la capital del imperio (romano) aprovecharé para rellenar la recámara de chorreces, porque se estaba quedando tiesa de publicar casi todos los días.

De la serie «Parecidos razonables»

Encontré en una tienda de no-sé-donde este escaparate donde el artículo de cristal (¿un aislador?) tiene un sospechoso parecido con lo que ahora llaman con el anglicismo «dildo» y que toda la vida se ha conocido como consolador. Eso sí, tamaño gigante.

Quizá sea mi mente enferma, quizá, pero no me nieguen que el parecido es bastante razonable.

Intentando acordarme del lugar no he logrado dilucidar si era en España o en Portugal. Da un poco igual, en todas partes se cuecen habas.

¡Si es que no hay vergüenza!

Mientras el resto de los humanos/as nos dedicamos al bello arte de ver gilipolleces ajenas en la pantalla del móvil (sin mirar al tráfico ni nada, claro) algún drogadicto se dedica, ñoras y ñores: ¡a leer! Parece increíble. Hasta compran libros, los muy ladinos y los van leyendo por la calle, sin pudor alguno y, no lo van a creer: ¡hasta llevan varios». ¿Imposible? ¡No! Ayer mismo capté esta obscena imagen (he ofuscado el rostro, obvio) en Salamanca. No sé dónde vamos a parar, se lo juro…

Cabreos

Los vecinos se cabrean y escriben cosas. A veces hasta sobre un cristal de una ventana. Desventajas de vivir en un bajo, a un 5º seguro que no se atrevían…

«Vais de lo que no soys
Toyotas que no llegáis a toyacos
Mucho 1312 y bien que denuncias
puta»

No me acuerdo del lugar de la foto, pero ahí queda el críptico mensaje para quien lo entienda.


Modernidades imperfectas

Vayamos de modernos. Hay por ahí un libro ¡ay! cuyo nombre es inolvidable: «Pornografía vegetal – Flores silvestres de la Sierra de Béjar» que tiene como alguna de sus curiosidades (nombre aparte, claro) la inclusión de códigos Qr en todas y cada una de las flores (533), y alguna de ellas hasta tiene dos códigos. Una forma de ahorrarse la inclusión de la información además de tocarles los güevos a los sufridos lectores. Más o menos eso se puso de moda en la puta pandemia para que no anduviésemos tocando cartas de bares, por ejemplo.

Pues el otro día en Béjar (ya que estamos en la zona quedémonos en ellas) encontré este escaparate con el cartelito «Descárgate el código Qr». Es llamativo que haya que andar indicando para lo que sirve el código. Más aún porque el código en sí no se descarga, sino el contenido hacia donde apunta (presumiblemente) el mismo. Lo más alucinante es que no había ningún código. Créanme, estuve largo rato como un «gelipollas» (así dicen en Béjar) y no había nada de nada en la pantalla de debajo.