Las hordas rojas

Confieso mi animadversión a todo tipo de espectáculo (sea cual sea) cuyo efecto en las personas sea la de transformarlos en borregos a ultranza. Y me da igual que se un partido de fútbol, un concierto, una procesión o una corrida. No hago distinción puesto que todos y cada uno hacen de la conciencia algo supérfluo, eliminan la libertad, molestan a los congéneres y encima hay que callarse porque los energúmenos son capaces, en su exaltación, de cualquier tropelía. Ya no quiero ni mencionar el dinero que estas cosas cuestan a las arcas públicas, porque resulta irrisorio frente a las ingentes cantidades que los políticos a los que votamos son capaces de robarnos. Hasta sus propios medios de comunicación son ya incapaces de tapar estas vergüenzas.
Acompaño una fotito en la que, observen, mucho «diseño», mucha «poesía» y poca ortografía. Vamos que dice mucho de los autores de la idea, de los confeccionadores de ella y en general del paupérrimo nivel mental que tienen los individuos/as que circulan por las calles.
No puedo, sin embargo, acompañar una imagen que contemplé según volvía a casa en el preciso instante en que el gol hacía mella en las gargantas de medio país. Un gitano cincuentón, morenazo, barbudazo y descuidado salía banderita española en mano a la calle a gritar aquello de «España, España». Joder, me dije, el fútbol como elemento de integración de una raza que nunca ha reconocido ni país, ni dueño, ni fronteras…
¡Vivir para ver! Han pasado dos mil años desde tiempos de Calígula y fíjense que todo sigue igual, al pueblo para mantenerlo contento «pan y circo» pero como decía uno que yo me sé, «Joder que poco pan y que mal circo! Ahora las fieras están en las gradas y de naumaquias ni hablar.