Si la marca de neumáticos (cuyo nombre ha pasado en el acerbo popular a significar lorza de grasa) tiene una guía de dónde se come bien, inauguro hoy una nueva guía de justo lo contrario, de dónde se come para convertirse en galgo. Si alguien se pregunta la razón de que se un galgo pues será respondido con que en estas fechas los perros y otras mascotas son vilipendiados por sus dueños y sometidos a abandono cruel. Por eso pasan hambre y penurias a los que quiero rendir homenaje desde aquí.
Pero no nos desviemos del tema, queridos lectores, que la razón que nos trae esta noche al blog no es otra que la venganza y el aviso. Venganza contra la cutrería miserable de un hostelero y aviso de navegante para que otros «pardillos» eviten caer en las redes de «El molino rojo» sito en la calle Gabilondo 15 de Valladolid.
Esta noche nos han soplado 33,15 por dos pinchos morunos tamaño estándar, cuatro cañas y una ración de bonito con pisto. Los pinchos, entre los dos y su guarnición (lechuga, pimientos de bote y dos (2) setas chicas) llenaban un plato de 25 cm. a duras penas (la lechuga hacía un buen tercio). El plato estrella, de similar tamaño, exhibía una fina capa de pisto y unos medallones (5) de bonito que entre los cinco no hacían media rodaja, osea, en esta época, un euro (1) de pescado. Da la casualidad que hace tres días compré una generosísima rodaja de bonito de mayor peso que los cinco miserables medallones mencionados que me costó dos euros. La espectacularmente ridícula ración de bonito con pisto valía la friolera de 14 del ala.
La conclusión que saco, señores, es que en este puto país sigue habiendo más listos que personas y más chorizos fuera de la cárcel que dentro. La hostelería tiene aún mucho que aprender en cuanto a trato y equidad. Un cliente no es un «panoli» al que se deba estafar porque, total, no lo conozco y no va venir más. Un cliente somos todos en algún momento. Ya está bien de dar el palo, robar al fin y al cabo, y quedarse tan ancho como si cuando se echa limosna.
Podría, y quizá debería, haber pedido el libro de reclamaciones y hacer constar la pequeña estafa. Pero no me oiría más que el inspector de turno de la Junta de Castilla y León. Prefiero usar la red y evitarle a futuros clientes por este medio, el disgusto. Lo haremos los cuatro presentes también de viva voz.
La conclusión, señor propietario del «El molino rojo» es clara y evidente. Ganar de forma fraudulenta unos pocos euros le ha hecho perder más allá de unos cientos. Se lo merece.
Queda inaugurada esta guía.