De la serie «Parecidos razonables», les traigo aquí un trocito de los superpoderes de un alumno aventajadísimo de la «Escuela Rajoy». Vean, escuchen y, tras coger lápiz y papel y hacer un esquema, intenten seguir el galimatías que Milei dejó para la posteridad esta semana en la cumbre iberoamericana celebrada en nuestro país.*
Al paso de producción de las paridas de este hombre y su popularidad nos vamos a quedar sin trabajo en este blog.
Por cierto, me hace recordar a la celebérrima escena de los Marx del contrato.
Siracusa, una ciudad siciliana de algo más de cien mil habitantes, está situada en un macizo calizo. Esto hace que el agua de la zona sea dura como nuestros abuelos en la posguerra incivil. Esa cal, ingerida de forma habitual, crea piedrecillas en los riñones que, dicen, producen sensaciones en su expulsión que se encuentran en las antípodas del placer. O sea, que deshacerse de ellas no se le desea uno ni a su peor enemigo. Al menos eso dicen, porque no he tenido (y espero seguir así) esa experiencia. Al turrón, Acechor, que te vas por los cerros de Úbeda. En Siracusa, pues, no se debe beber el agua, así que toca comprarla en pesadas botellas (pagando) o ir a unas máquinas que hay en las calles cuyos filtros antical proveen de tan preciado líquido. Pagando también, claro, pero menos. Además, fíjense, dado el amor que estas gentes tienen por el agua con gas, tiene versión con CO2 incorporado. Al final es una ventaja (si funcionan, claro) con el incordio de tener que ir a la fuente como se hacía hasta no hace mucho tiempo. Ventajas e inconvenientes, pero siempre negocios, siempre. La foto ilustra el visualizador de una de ellas que -dicho sea de paso- dos días después, dejó de funcionar.